El último paseo por la muralla: despedir Baiona hasta el próximo año

Hay una melancolía serena y hermosa en los últimos días de septiembre. Se nota en el aire de Baiona, que poco a poco va perdiendo el bullicio efervescente de agosto para recuperar su pulso original, ese compás pausado de villa marinera que vive de espaldas a la prisa y de cara a la ría. Hoy he venido a dar mi última caminata de la temporada por el paseo de Monterreal, sabiendo que este recorrido marca, como cada año, el punto final definitivo a mi verano.

El viento atlántico sopla ya con un tono más fresco, avisando de que el otoño está a la vuelta de la esquina. Al bordear la fortaleza, el sonido del mar rompiendo con fuerza contra los bloques de granito tiene una resonancia distinta, más limpia y profunda ahora que los barcos de recreo amarran con menos frecuencia y la bahía empieza a despejarse. Me detengo unos minutos frente a la silueta inconfundible de las Islas Cíes, recortadas contra un cielo que hoy luce un azul más tenue, casi lavado. Es imposible no repasar mentalmente las semanas que quedan atrás: los baños rápidos en la playa de la Concheira, las tardes sin horario que se fundían con el crepúsculo y esa sensación constante de que los días eran infinitos.

Caminar hacia el casco histórico a media tarde confirma la retirada de la marea estival. Las terrazas de la calle Ventura Misa o de la plaza del Padre Fernando conservan sus mesas fuera, pero las conversaciones ya no se pisan entre sí. Hay espacio para mirar la piedra noble de las casas marineras, para saludar sin prisa y para disfrutar de un café caliente sin la urgencia de dejar el sitio libre. Comer unos percebes o un arroz marinero en estas fechas tiene un encanto multiplicado: el servicio es cómplice y pausado, como si todos los que estamos sentados compartiéramos el secreto de los mejores días del año, esos que llegan justo cuando la mayoría ya ha hecho las maletas.

Despedirse de Baiona nunca es un trámite sencillo, porque este rincón del sur gallego no funciona como un simple destino de vacaciones; actúa como un refugio mental. Es el lugar al que regreso con la imaginación durante los meses grises de lluvia y trabajo frente a la pantalla, recordando la calidez de su piedra dorada y el olor a salitre que inunda cada esquina del puerto.

Bajo hacia el coche por el paseo marítimo con las manos en los bolsillos del chubasquero, retrasando el momento de arrancar el motor. Miro por el retrovisor una última vez antes de incorporarme a la carretera: la réplica de la Pinta descansando sobre el agua calma, los mástiles meciéndose al unísono en el club de yates y la silueta del parador custodiando la entrada a la bahía. Se apaga el verano, pero me marcho con la certeza reconfortante de que Baiona seguirá aquí, aguantando los temporales del invierno, esperando pacientemente el momento en que volvamos a encontrarnos bajo la luz de un nuevo sol.