Siempre he mirado el horizonte desde el muelle con una mezcla de respeto y una curiosidad que no sabía cómo canalizar. En una tierra donde el mar es el motor de todo, decir que quieres «embarcarte» es una declaración de intenciones seria. Sin embargo, pronto descubrí que la voluntad no basta; el océano exige profesionalidad. Así fue como me encontré sentado en un aula, rodeado de veteranos de piel curtida y jóvenes con la misma mirada expectante que yo, iniciando mi camino en los Cursos de Formación Pesquera.
Más que nudos y redes: La seguridad como prioridad
Mi primer gran aprendizaje fue el curso de Formación Básica en Seguridad. Al principio, uno piensa románticamente en aprender a manejar el aparejo o a distinguir el banco de peces, pero la realidad del aula te pone los pies en el suelo: el mar es un entorno hostil. Pasamos horas practicando técnicas de supervivencia, desde cómo colocarse un traje de inmersión en segundos hasta el manejo de balsas salvavidas y la extinción de incendios en espacios confinados.
Esa parte teórica, que a veces parece densa, cobra un sentido vital cuando te das cuenta de que en medio del Gran Sol o en la inmensidad del Atlántico, tu vida y la de tus compañeros dependen de protocolos memorizados hasta el automatismo. Aprender a leer el cielo y las corrientes es poesía, pero saber utilizar un extintor de CO2 bajo presión es lo que te trae de vuelta a puerto.
El aula donde el salitre se hace ciencia
Lo que más me fascinó fue la parte técnica. No sabía que detrás de una jornada de pesca había tal despliegue de tecnología y normativa. Estudiar las artes de pesca —el arrastre, el palangre, el cerco— me hizo comprender la complejidad de un sector que se esfuerza por ser sostenible. Aprendimos sobre vedas, tamaños mínimos y, sobre todo, sobre la importancia de la higiene y la manipulación a bordo.
Los instructores, muchos de ellos capitanes jubilados con mil historias en la mochila, nos transmitieron algo que no viene en los manuales: el respeto absoluto por el ecosistema. «El mar nos da todo, pero si no lo cuidamos, nos lo quitará doblemente», nos decía un profesor mientras nos enseñaba a manejar las cartas náuticas electrónicas.
Lo que me llevo de esta formación:
Disciplina férrea: Los horarios y el orden en el barco empiezan en la puntualidad del curso.
Trabajo en equipo: En el mar no hay individualismos; la coordinación es la base de la seguridad.
Conciencia ecológica: He aprendido que la pesca moderna es una ciencia de precisión que busca el equilibrio con la naturaleza.
Hoy, con mis certificados en la mano, ya no miro el mar como un simple espectador. Siento que tengo las herramientas para formar parte de esa estirpe de hombres y mujeres que cada día salen a faenar. La formación pesquera no solo me ha dado un oficio; me ha dado una nueva forma de entender el mundo.
